La Voz del Pueblo

La voz del pueblo que ni ve ni escucha, que duerme.
Que siente, que padece y aún así parece incorrupta su posición ante la realidad que le rodea y de la que es partícipe por obligación y por dejadez.

La voz de un pueblo que sufre, se deja y no se entera, que resiste los embistes de un toro que se revuelve una y otra vez contra él provocando el miedo y la renuncia voluntaria de su propia libertad que lo lleva, irremediablemente, a la sumisión.

¿Hablamos el mismo idioma? Porque yo no me entero de lo que hablan los que nos gobiernan. No entiendo sus respuestas a preguntas concretas y que nos preocupan. No entiendo sus idas, venidas y salidas de tono. No entiendo cómo se puede soportar tanta cara dura. No entiendo cómo podemos soportarla.

juan antonio jimenez: la voz del pueblo

Pero fijemosno en lo que significa la expresión: «los que nos gobiernan». Gobiernan nuestras vidas y no reconocen la voz del pueblo simplemente porque tenemos asumido que «nos gobiernan». ¿Yo he nacido para que gobiernen mi vida? ¿Yo he nacido para estar en manos de gente que no reconocen mi voz? Pues no, no tienen porqué reconocerla porque mi vida me incumbe a mi y solamente a mi, pero no lo vemos, no nos dejan ver.

Tenemos que ir por libre y eso nos asusta porque nos dicen que eso acabaría en anarquía. No, tenemos que ir en libertad y no a contracorriente como venimos haciendo desde siglos, sobreviviendo en vez de viviendo.

«Marear la perdiz». Yo no me entero de nada. Pero tienen razón en una cosa: nosotros somos responsables de lo que pasa y de lo que pase pero no porque ellos lo digan, sino porque así debe de ser porque es nuestra vida y, sin embargo, juegan con ella, con nosotros.

Vivimos en una burbuja, convivimos con la ignorancia, el desapego de valores, la falta de empatía y la carencia del amor propio (lo último que se puede perder y lo hemos perdido).

La voz del pueblo es el silencio más absoluto, la apatía, el pataleo controlado y manipulado en el circo de la «democracia».

El progreso no depende de colores políticos. El progreso depende, como todo, de cada uno de nosotros mismos. En el momento que delegamos nuestras funciones y competencias a terceros, el progreso se convierte en un vía crucis con el único destino de seguir siendo dependientes del mismo sistema que no reconoce la voz del pueblo y que, simplemente, la silencia con manzanas podridas y dardos envenenados que gustosamente votamos.

La voz del pueblo es la voz dormida, la voz cansada, dolida, rendida a los pies de los que «gobiernan» nuestra vida.

¿Hasta qué punto somos dueños de nuestras vidas? ¿De verdad necesitamos ser gobernados? ¿De verdad necesitamos que gobiernen nuestras vidas?

Nosotros hemos venido a este mundo para un propósito y no es, precisamente, el de ser «gobernados» por un semejante.

Como bien nos repiten hasta la saciedad sobre todo en estos momentos: «la responsabilidad es solo nuestra». Seamos entonces responsables y consecuentes con lo que significa vivir que no sobrevivir.

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